Catequesis adultos

CATEQUESIS ADULTA

Indice

EL SER HUMANO EN BUSCA DE DIOS

LA REVELACIÓN DE DIOS

LA FE, RESPUESTA DEL SER HUMANO A LA REVELACIÓN DE DIOS

 LA SEÑAL DE LA CRUZ

EL PADRE NUESTRO

EL CREDO

RESUMEN DEL EVANGELIO SEGÚN JUAN

NUESTRA FE: HAY VIDA ETERNA, LA VIDA SE HIZO CARNE

CELEBRAR LA FE: LOS SACRAMENTOS

SOBRE EL BAUTISMO ¿CÓMO CELEBRAMOS EL BAUTIZO?S

BAUTISMO INFANTIL

BAUTISMO DE ADULTOS

CONFIRMACIÓN

SOBRE LA EUCARISTÍA: COMULGAR, CONVIVIR, COMPARTIR

LA MISA I, II, III, IV

CELEBRACIÓN DE LA FE EN LOS SACRAMENTOS DE SANACIÓN: SACRAMENTOS DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN

CELEBRACIÓN DEL PERDÓN. PREGUNTAS SOBRE LA CONFESIÓN

LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

ORDEN Y MATRIMONIO

ACOMPAÑAR A LOS NOVIOS EN LA IGLESIA

CREO EN DIOS, PADRE, TODO PODEROSO, CREADOR DE CIELOS Y TIERRA. CREO EN DIOS, PADRE Y MADRE, FUENTE DE LA VIDA, TODO MISERICORDIA, VERDAD Y FUERZA INFINITA

CREO EN JESUCRISTO, DIOS HECHO HOMBRE, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE.

JESÚS ES EL ENVIADO, EL CRISTO, EL SEÑOR

BAJÓ DEL CIELO Y SE HIZO HOMBRE PARA NUESTRA SALVACIÓN

EL SER HUMANO EN BUSCA DE DIOS

Preguntando por el más allá

El ser humano es capaz de preguntar por Dios y por el enigma y el sentido de la vida, pero el pensamiento humano que hace esas preguntas es como un montañero que va trepando hacia arriba, pero no acaba de llegar a la cumbre. Se va acercando a la puerta del misterio y no acaba de llegar; se queda a la espera de que desde más allá de esa puerta le salga al encuentro el Misterio. En realidad, el mismo Dios nos estaba empujando desde dentro de nosotros para que le busquemos. Dios no estaba más allá a lo lejos, sino más acá, en lo profundo de mi ser, de la vida y de todo. Dios nos sale al encuentro de muchas maneras; por medio de la naturaleza, de la historia, de las otras personas y acontecimientos de la vida, y a través de nuestra interioridad. Dios es, como dice san Agustín, lo más íntimo de la íntimo mío. La religiosidad es el descubrimiento de Dios en esa interioridad. La religiosidad no es una característica más del ser humano junto a otras, sino la dimensión de profundidad de todos los aspectos del ser humano y de la vida.

Se llama Revelación a la manifestación de Dios que sale al encuentro de nuestra búsqueda de Él. Nos sale al encuentro en la naturaleza, en la evolución de la vida, en la historia de la humanidad, en la historia de las religiones, en los símbolos del sentido de la vida de las diversas religiones, en la historia de salvación que recuerda la Biblia hebrea y, sobre todo, nos salió al ensuentro definitivamente en Jesucristo: Dios hecho humano, el Enviado (eso es lo que significa el Mesías, el Cristo) para revelarnos a Dios y para nuestra salvación. La fe es la respuesta humana a la manifestación de Dios que sale al encuentro de nuestra búsqueda. La fe cristiana es la entrega confiada de sí mismo en brazos de Dios por medio de Jesucristo que es el Camino, la Luz y la Vida que da sentido a la vida. No me buscarías, dice san Agustín, si no me hubieras encontrado. Nos hiciste para Tí y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Tí.

Las preguntas radicales humanas y las religiones

Las personas buscan en las diferentes religiones una respuesta a los enigmas de la vida humana.  Los problemas que angustian  al corazón humano son los mismos hoy que en el pasado. ¿Qué es lo que nos humaniza y lo que nos deshumaniza? ¿Qué debemos hacer y qué no debemos hacer? ¿Por qué el sufrimientoy y para qué puede servir? ¿Dónde está la verdadera felicidad? ¿Qué ocurre al morir? ¿Qué juicio o remuneración nos aguarda después de la muerte? Y finalmente, ¿cuál es el misterio último, más allá de toda explicación humana, que envuelve nuestra existencia, el origen de dónde venimos y el fin hacia el que caminamos?

(Concilio Vaticano II. Declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas, n.1)

Dios sale a nuestro encuentro

“En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por un Hijo, al que nombró heredero de todo, lo mismo que por él había creado los mundos y las edades” (Hebreos 1, 1-2) ..

“La Palabra-Sabiduría de Dios se hizo hombre, acampó entre nosotros y contemplamos su gloria; gloria de Hijo único del Padre, lleno de amor y de lealtad” (Juan 1, 14).

“A Dios nadie le ha visto jamás; es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha explicado” (Jn 1, 18) “Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, -hablamos de la Palabra, que es la Vida. Porque la Palabra se manifestó, nosotros la vimos, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba de cara al Padre y se manifestó a nosotros-, eso que vimos y oimos os lo anunciamos ahora, para que seáis vosotros solidarios con nosotros; pero, además,esta solidaridad (koinonía) nuestra lo es con el Padre y con su Hijo Jesús, el Mesías. Os escribimos esto para que nuestra alegría llegue a su colmo (1 Juan 1, 1-4).

LA REVELACIÓN DE DIOS

El Misterio descubre el enigma

Las personas buscan en las diversas religiones una respuesta a los enigmas de la vida humana. ¿Qué es lo que nos humaniza y lo que nos deshumaniza? ¿Cuál es el sentido y la finalidad de la vida?

Llamamos RevelaciónDios. Nos sale a nuestro encuentro de diversas maneras. Dios sale a nuestro en cuentro 1) en la naturaleza, 2) en la evolución de la vida, 3) en la historia de la humanidad, 4) en la historia de las religiones, 5) en los símbolos del sentido de la vida en las diversas culturas, y 6) de un modo muy especial, en la historia de la religiosidad del pueblo hebreo. La Biblia cuenta esta historia de Dios al encuentro de la humanidad como una historia de salvación.

Dios, al salir al encuentro de la humanidad y revelarse, da una respuesta definitiva a las cuestiones que nos planteamos sobre el sentido y finalidad de la vida. 

Jesucristo, el Enviado (Cristo, Mesías) revela a Dios y nos da vida

“En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestos padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, Cristo Jesús.” (Hebreos 1, 1-2). “A Dios nadie le ha visto jamás; es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha explicado” (Jn 1, 18). Dios se ha revelado plenamente enviando a Jesucristo, que es su Palabra y revelación definitiva. Dios “quiere que todas las personas se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús” (cf. Jn 14, 6).

Reconocer a Jesús como el Cristo es el punto de partida de la fe. Cristo (en griego) y Mesías (en hebreo) es un nombre para significar que Jesús es el Enviado de Dios, el Ungido con una misión. La misión de Jesús es revelarnos a Dios y darnos vida. Jesús nace alrededor del año 6 ó 7 de la era común y muere injustamente condenado alrededor del año 27. Pasó los últimos tres años de su vida recorriendo el territorio de Galilea, por donde pasó haciendo bien, sanando, animando, dando vida y predicando la Buena noticia de la llegada del reinado de la vida, que nos da esperanza y sentido de la vida. Jesús anunció la llegada del Reinado de la vida, la realización del Dominio o Reinado de Dios, de un mundo como Dios desea, un Reinado de verdad y vida, de santidad y gracia, de justicia, amor y paz. Es decir, la verdadera felicidad y unión de todos los hijos e hijas de Dios en la comunidad de un mundo de hermanos y hermanas. Jesús anunció la llegada de ese reinado de Dios. Ese reinado está empezando a llegar por obra de la acción divina. Nosotros estamos llamados a colaborar para hacer que llegue ese reinado de Dios, ayudando a empezar a construir ese cielo en esta tierra. A ese anuncio gozoso lo llamamos la proclamación de la Buena Noticia, el Evangelio. Esta enseñanza y acción sanadora de Jesús dio esperanza al pueblo sencillo. Pero fue considerada peligrosa y subversiva por parte de los dirigentes de la religión establecida. Jesús fue apresado, juzgado y condenado injustamente por el tribunal religioso (el Sanedrín) y entregado al poder político (de los colonizadores romanos), que lo condenó a muerte en cruz. Pero su muerte no fue una derrota, sino una victoria sobre el mal y sobre la muerte, porque Jesús, al morir, entró en la Vida de la Resurrección que garantiza nuestra vida eterna, nuestra vida más allá de la muerte. Los discípulos de Jesús, que se habían dispersado desilusionados tras su ejecución, fueron reunidos por el Espíritu de Jesús, que les hizo vivir la experiencia de reconocer al crucificado como el Resucitado, El Que Vive. Y así comenzó la comunidad de seguidores de Jesucristo, que es la iglesia, que peregrina en la historia dando testimonio de la unidad del género humano y trabaja para construir el Reinado de la Vida, el mundo como Dios quiere, el mundo de hijos e hijas de Dios que se aman como hermanos y hermanas.

La predicación de los apóstoles (Dei Verbum 7)

Jesucristo envió a los apóstoles a predicar a todas las personas el Evangelio, es decir, la Buena Noticia de parte de Dios, que nos da vida y esperanza. Esa Buena Noticia nos dice que somos hijos de Dios, que Dios nos ama y quiere nuestra salvación en la vida definitiva con Él para siempre.

La transmisión del Evangelio se hizo de dos maneras: de palabra y por escrito, ambas inspiradas, ayudadas e interpretadas por su Espíritu. El Espíritu Santo es el alma de la Tradición apostólica, de la lectura de la Biblia y de las enseñanzas de la Iglesia, él cuida la herencia de la revelación para alimentar la fe. La tradición que viene de los apóstoles se desarrolla y evoluciona en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo. Se crece en su comprensión de tres maneras: 1) por la contemplación y el estudio de los fieles, 2) por la luz que reciben en la experiencia de la vida espiritual, 3) por la predicación de los suscesores de los apóstoles cuando ponen en prática el carisma de ayudar a caminar hacia la verdad.(Así lo dice el Concilio Vaticano II, en el documento sobre la Palabra de Dios, Dei Verbum, n. 8)

La Palabra divina en la Biblia

La Biblia es una colección de muchos libros. Hay que aprender a leerla como un álbum de familia de las comunidades creyentes.

Los libros del Antiguo Testamento (la Biblia del pueblo hebreo) son los libros religiosos del pueblo de Israel, que representan la Antigua Alianza o Promesa de Dios al pueblo que heredaba la fe de sus antepasados guiados por Abrahán y Moisés.

En el Nuevo Testamento o Nueva Alianza aprendemos la fe y la nueva relación de Dios con nosotros, tal como nos las enseñó Jesucristo. Esos libros son los Cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), los Hechos de los Apóstoles y otros escritos de los primeros seguidores de Jesús, por ejemplo, las Cartas de Pablo, Pedro, Juan, etc.

Evangelio quiere decir Buena Noticia, Buena Nueva o Alegre Noticia.

El Evangelio o Buena Noticia que aprendemos en los Cuatro Evangelios es la buena noticia que Jesús nos dio sobre Dios. Jesús enseñó que Dios es como el mejor Padre y la mejor Madre de todos nosotros, que somos todos hermanos y hermanas. Dios es como un Padre y Madre bondadoso y misericordioso, fuente de vida y esperanza.  Dios es como el aire que respiramos. Está presente en todas partes, aunque no le vemos con los ojos de la cara. Le vemos y oimos con los ojos y oidos de la fe. En sus manos estamos, “en Él vivimos, respiramos, nos movemos y exsistimos” (Hechos de los Apóstoles, 17).

A Dios nadie lo ha visto. Pero podemos conocerlo porque Jesús, el Enviado de Dios, nos lo dio a conocer. Jesús nos lo explicó, nos lo interpretó nos lo hizo cercano, como dice el apóstol Juan (Jn 1, 18).

Evangelio significa también la Buena Noticia sobre Jesús que, además de ser Enviado de Dios, es mucho más: es el mismo Dios hecho hombre para mostrarnos a Dios, hablarnos de Dios y darnos vida.

Jesús es el hijo de María y José, que además es el Hijo de Dios, que llamaba a Dios su Padre y se dirigía a Dios con la palabra Abba (que significa “papá”). Con esa palabra se dirigía Jesús a Dios cuando rezaba por todos nosotros para que estemos unidos como hermanos y hermanas.

El tesoro de la fe confiado a toda la Iglesia

Para que el mensaje del Evangelio se conservara vivo en la Iglesia, los apóstoles nombraron sucesores que transmitieran su enseñanza. “Las luces de la Tradición, la Sagrada Escritura (la Biblia) y el Magisterio de la Iglesia están unidas, de modo que ninguna puede estar aislada de los otras. Las tres, bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (Dei Verbum 10, 3).  “El magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio… del depósito de la fe saca todo lo que propone para ser creído como revelación de Dios” (DV 10). Todos los fieles  tienen parte en la comprensión y trasmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye (1 Jn 2, 20-27) y los conduce a la verdad completa (Jn 16, 13).

LA FE, RESPUESTA DEL SER HUMANO A LA REVELACIÓN DE DIOS

La fe es una respuesta de entrega y decisión personal confiada a Dios. 

La fe es un don de Dios El espíritu de Dios me hace creer. Creemos estando en la comunidad reunida por su Espíritu, que transmite la fe. El Espíritu que nos hace creer, nos hace orar y decir a Dios Padre.

Con la fe decimos: Yo creo, yo quiero creer, el Espíritu me hace creer; reunidos en la Iglesia por el Espíritu Santo, creemos en Dios.

Por su revelación, Dios habla a los hombres y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo. Dios nos habla a través de la Naturaleza, de los acontecimientos de la historia, del testimonio de las personas y a través del interior de nuestro corazón. La respuesta a esta llamada es la fe. Por la fe, damos asentimiento a Dios que se revela. La sagrada Escritura llama a esta respuesta «obediencia de la fe», es decir, escuchar y seguir una llamada (cf.Romanos 1,5; 16,26). Creer es “escuchar y seguir”, es someterse libremente a la palabra escuchada, garantizada por Dios.

La fe es una adhesión personal de la persona a Dios.

La fe es el asentimiento libre a toda la verdad revelada. El Señor dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn14,1). El evangelista Juan dice: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo lo ha contado» (Jn1,18).

La fe es un don de Dios.

Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios». El Espíritu Santo nos revela quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12,3). Pero creer es un acto auténticamente humano. La fe es libre. La persona, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe ser obligado contra su voluntad a abrazar la fe.

La fe fomenta el amor y la esperanza.

La fe nos anticipa la entrada en la vida definitiva. Entonces veremos a Dios «cara a cara» (1 Co13,12), «tal cual es» (1 Jn 3,2). La fe es ya  comienzo de la vida eterna. Ahora «caminamos en la fe y no en la visión» (2 Co 5,7), y conocemos a Dios «de una manera imperfecta” (1 Co 13,12). La fe se vive a menudo en oscuridad. El mundo parece lejos de lo que la fe asegura; las experiencias de mal, sufrimiento, injusticias y muerte tientan y ponen a prueba la fe.

La fe es un acto personal:

La respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero no es un acto aislado. Nadie puede creer solo. Nadie se da la fe a sí mismo, como nadie se da la vida a sí mismo. Recibimos la fe de otros y la transmitimos.

 LA SEÑAL DE LA CRUZ , EL PADRE NUESTRO Y EL CREDO

“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente.

“Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada en la comunidad reunida por el Espíritu. En el Ritual Romano, se pregunta al catecúmeno: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?” Respuesta: “La fe”. “¿Qué te da la fe?” “La vida eterna”.

La Iglesia guarda la memoria de las palabras de Cristo y transmite de generación en generación la confesión de fe de los apóstoles.

La señal de la cruz, resumen de nuestra fe.

Hacemos la señal de la cruz, diciendo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es la señal deL cristiano, nuestra cédula de identidad. La señal de la cruz es una oración muy breve, que resume nuestra fe. Al hacer esta señal dirigiéndonos a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo no estamos diciendo que haya tres dioses, sino que estamos confesando o reconociendo nuestra fe en Dios, al que llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo.
 Creemos en Dios, Padre, Madre y Fuente de la Vida. Creemos en Jesús, que es Dios hecho hombre para mostrarnos el camino verdadero hacia la vida eterna. Creemos en la presencia de Dios dentro de nosotros, para darnos vida y hacer que nos demos vida unos a otros y ayudarnos a que caminemos por la vida llenos de esperanza hacia la vida verdadera y eterna.
 Cuando hago la señal de la cruz rezo reconociendo la fe con que Dios me hace creer en Él: creo en Dios que es Padre y Madre todo bueno y todo poderoso, creador de toda vida; creo en Dios que es Hijo, es decir, que se hizo humano como nosotros para que descubramos que somos todos hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios y por eso llamamos a Jesús el Hijo; creo en Dios que es Espíritu santo, Espíritu de vida, que está dentro de mí y dentro de todos los vivientes dando vida, haciéndonos vivir. La señal de la cruz es un resumen de nuestra fe: Dios, con corazón de Padre y Madre, revelado en Jesucristo, está presente en nuestra vida como Espíritu Santo, que nos hace vivir y convivir hacia la vida eterna.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es la señal del cristiano, nuestra cédula de identidad. Esta oración resume nuestra fe. Dirigirnos a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo no significa que haya tres dioses, sino que reconocemos nuestra fe en el Dios único, al que llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo. Con otras palabras: Luz, Camino y Vida. Luz de Verdad, Camino de Salvación y Vida Infinita.

Llamamos Padre al Dios invisible, porque así nos enseñó Jesús a llamarle.

Le llamamos Hijo, porque creemos que Jesús es el rostro visible del Dios invisible; se hizo humano y habitó entre nosotros, murió y resucitó para nuestra salvación.

Le llamamos Espíritu Santo, porque creemos en su presencia dentro de nosotros dándonos vida y luz para el camino hacia la vida definitiva cuando resucitemos de la muerte hacia la vida divina.

Las tres preguntas para la profesión de fe antes del bautismo

C.::¿Crees en Dios, Padre, Creador del cielo y de la tierra? Sí, creo

C.: ¿Crees en Jesucristo, verdadero hombre y Dios, que nació de la Virgen María, pasó por el mundo haciendo el bien, murió hacia la Vida de Dios, resucitó y vive eternamente?  Sí, creo

C.: ¿Crees en el Espíritu Santo, para el perdón de los pecados, la resurrección de la muerte y la entrada en la vida verdadera? Si , creo

La oración que Jesús nos enseñó: “Padre nuestro”

Jesús nos enseñó a rezar.

Nos enseñó a dirigirnos a Dios con la oración del Padre Nuestro. Quisiéramos poder explicar con palabras sencillas lo que significa cada una de las peticiones del Padre Nuestro y cómo rezarlo cada uno de nosotros desde nuestra vida de cada día. Recemos junto con Jesús, levantando el corazón hacia Dios Padre y Madre.

Padre nuestro: Dios, Padre mío y Padre nuestro. Dios, Padre y Madre. Dios, Fuente de la Vida. Dios, Padre de toda la humanidad, Tú nos das la dignidad humana, haciendo que seamos hermanos y hermanas en una misma familia de hijos e hijas de Dios.

Que estás en el cielo: Que estás en la vida, que estás en nuestras vidas, que estás en nuestras familias con sus penas y alegrías, que estás en todas partes, dando vida.

Santificado sea tu nombre: Tú solo, Señor, eres Santo. Que Te alabemos, te adoremos y te glorifiquemos. Que te demos gracias, Señor. Gracias por la vida, gracias por tu gloria.

Venga a nosotros tu reino: Que reine en este mundo la verdad y la vida, la justicia y el amor. Que hagamos un mundo de hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: Que nos demos vida todas las personas, unas a otras mutuamente, para que la tierrra se convierta en un cielo. Hágase tu voluntad en la vida de nuestras familias y en el lugar de nuestro trabajo.

Danos hoy nuestro pan de cada día: Danos fuerza de vivir, alimento para el cuerpo y el espíritu. Que nos demos mutuamente el pan para comer y el pan de compartir alegrías y sufrimientos. Danos el pan de tu Palabra y el pan de la Eucaristía.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden: Perdónanos, haznos capaces de perdonar y dejarnos perdonar. Perdona,Señor, a quienesde recibir perdón. Perdona Tú, Señor, a quienes no seamos capaces de perdonar.

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal: Líbranos de las heridas que recibimos y de las heridas que causamos. Que ayudemos a liberar a las víctimas del mal.

RESUMEN DEL EVANGELIO SEGÚN JUAN

NUESTRA FE: HAY VIDA ETERNA, LA VIDA SE HIZO CARNE

Resumen de nuestra fe con palabras de la Carta primera del apóstol san Juan

El apóstol Juan habla sobre la vida, sobre Dios que es amor y fuente de vida; sobre Jesucristo, Hijo de Dios, que nos da vida, para que nos demos vida mutuamente.

La Vida eterna de Dios Padre, fuente de toda vida, se manifestó. Nosotros la vimos, oimos y tocamos… Os lo anunciamos para que también vosotros estéis unidos, formando una comunidad de creyentes en la vida, y así rebosemos de alegría... Quien dice estar en la luz y aborrece a su hermano,está en tinieblas... Ya desde ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos… Cuando se manifieste seremos semejantes a él. Lo veremos tal cual es. Y el verle así nos purificará y nos asemejará a él... El mensaje que oísteis desde el principio es este: que nos amemos unos a otros... El amor procede de Dios y todo el que ama, ha nacido de Dios. En esto se manifestó el amor de Dios al mundo, en que envió a su Hijo para que vivamos gracias a Él… A Dios jamás le ha visto nadie. Si nos amamos, Dios permanece en nosotros… Dios es amor y quien permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios en él… Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve...

Estas cosas os escribí para que sepáis que tenéis vida eterna…

CELEBRAR LA FE: LOS SACRAMENTOS

La liturgia y el culto

Liturgia son los ritos y acciones sagradas con que celebramos la fe y damos culto a Dios, adorando, alabando, dando gracias, presentando ofrendas, rogando y recibiendo su bendiciºon. Celebramos la fe cantando yorando con las seçal de la cruz, el Credo y el Padre Nuestro.

Los sacramentos

A través de las celebraciones sacramentales, Cristo continúa en su iglesia, con ella y por medio de ella, la obra de la reevelación y la salvación.

Jesucristo, símbolo sacramental del encuentro con Dios

En el centro de todas las celebraciones y ritos está el Misterio de Cristo o Misterio Pascual, es decir, que Jesucristo es Dios Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, que pasó por el mundo haciendo bien, sanando enfermos de cuerpo y espíritu, y dando esperanza. Fue condenado injustamente, murió en cruz y ahora es el que Vive, Resucitado y siempre presente. JesuCristo es el rostro visible del Dios invisible. Por eso decimos que Jesucristo es el sacramento o lugar de nuestro encuentro con Dios.

Los siete sacramentos de la iglesia.

Son signos visibles de la gracia invisible. Son lugares y moementos de encuentro con Dios, que se hace presente en nuestra vida, en momenos decisivos de ella: el nacimiento, el paso a la vida de adulto, el matrimonio, la ordenación para el ministerio pastoral, los votos religiosos, la enfermedad, la muerte,…

Gracia, gratitud y bendición

Gracia, gratitud y bendición son las palabras clave que resumen la enseñanza sobre los sacramentos. Toda la vida de la comunidad creyente es sacramental. Los sacramentos son señales visibles de la presencia invisible de Dios en nuestra vida. Los sacramentos  son momentos y signos muy especiales de encuentro con Dios en nuestra vida.

Hay que distinguir dos clases de signos:

  1. Signos como una foto, que no son más que señales, por ejemplo, de un recuerdo de algo o alguien que no está presente.
  2. Signos eficaces (como un abrazo) que son más que solo signos, porque además de simbolizar algo, lo realizan. En estos signos está realmente presente lo que significan.

Primera clase de signos. Un ejemplo. Estoy lejos de casa y lejos de mi familia. Tengo ante mis ojos una foto. Al verla recuerdo a mi familia. La foto es un signo que me recuerda a las personas  que quiero y me hace sentirlas cerca. Pero no es más que un signo como recuerdo. Esas personas queridas no están en ese momento junto a mí.

Segunda clase de signos: Regreso a casa, después de mucho tiempo fuera. Abrazo a mi madre. Ese abrazo es señal de cariño. Pero no es una señal que solamente sea un recuerdo de mimadre, , como era la fot, En el signo del abrazo está presente mi misma madre en persona.

La Eucaristía (La celebración de la Misa) es un símbolo de esa segunda clase de símbolos que acabamos de explicar. Es un símbolo sacramental, un sacramento,  de la presencia de Jesucristro, que se hace ahí, es decir, que está presentye, no como en la foto, sino como en el abarazo. Está realmente presente.

Los sacramentos son señales de la presencia real de Dios en nuestra vida. No son solo imagen, sino realidad. Son señales o signos que realizan lo que significan.

En el sacramento del Bautismi y la confirmación, a través de la señal del agua y de las palabras que nos sumergen en el amor de DiosPadre, Hijo y Espíritu Santo, se hace presente la gracia y la vida de Dios que nos confirma como hijos suyos.

En el sacramento de la Eucaristía, a través de las apariencias de pan y vino, a través de las palabras de la consagración y a través de la comunión que recibimos, a través del acto de comer y recibir el pan de vida, se hace realmente presente la vida de Dios en nuestra vida para darnos la vida verdadera y eterna.

En el sacramento de la Reconciliación, a través de las palabras de confesión y de absolución, se hace reealmente presente la misericordia de Dios que nos perdona, nos cura y nos da fuerza para vivir con fe, esperanza y amor.

Los sacramentos son signos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, a través de los cuales se nos otorga la vida divina. Son siete: sacramentos de la iniciación cristiana, el bautismo, la confirmación y la eucaristía; sacramentos de sanación: la penitencia o reconciliación y la Unción de los enfermos; sacramentos al servicio de la comuidad: Orden y Matrimonio.

Los sacramentos no solo suponen la fe, sino que con las palabras y los elementos rituales la alimentan. Fprtalecen y expresan. Celebrando los sacramentos la iglesia confiesa la fe apostólica. Por eso se dice desde antiguo que la manera de orar y la manera de creer van juntas”. Los sacramentos son eficaces, porque es el Espíritu de Cristo, Camino, Verdad y Vida, quien actúa en ellos y quien da la gracia que significan, independientemente de la santidad personal de la persona que los administra. Pero también es cierto que los frutos de los sacramentos tienen que ver con las disposiciones de quien los recibe.

 En los sacramentos la Iglesia recibe ya un anticipo de vida verdadera con Dios para siempre.

 La celebración litúrgica está llena de símbolos y signos sacramentales. Algunos provirenen del mundo creado, de los frutos de la tierra y el trabajo humano(luz, agua, fuego, pan, vino, aceite), otros de la vida social (lavar, ungir,partir el pan), otros de la historia de la salvación en la época de la AntiguaAlianza (los ritos pascuales, la imposición de manos,las consagraciones).

 El centro de las celebraciones es la misa del Domingo, fundamento y núcleo de tofo el año litúrgico, que tiene su culminación en Pascua (tránsito de muerte a vida, de este mundo a la vida de Dios) y Pentecostés (Envío del Espíritu Santo).

SOBRE EL BAUTISMO

¿CÓMO CELEBRAMOS EL BAUTIZO?

El rito del bautismo contiene una bienvenida, una promesa y una bendición

ACOGIDA

歓迎

LA COMUNIDAD DE JESÚS NOS ACOGE CON LA SEÑAL DE LA CRUZ.

教会共同体は十字架のしるしをもって受洗者を迎え入れます。

¿Quieres seguir a Jesucristo y ser bautizado con agua de vida eterna?Sí, quiero

キリストの道をあゆむために、洗礼を望みますか。はい、望みます。

‐Con la señal de la cruz, te recibe la comunidad de seguidores de Jesucristo.

教会は十字架のしるしをもってあなたを迎え入れます。

ESCUCHAMOS EL EVANGELIO

イエスの福音を一緒に聴きます

“Jesús dijo a Nicodemo: -Tienes que nacer de nuevo para ver el Reino de Dios. Este preguntó: ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el seno de su madre? Jesús le dijo: – No es eso. Hay que renacer por el Espíritu de Dios que habita en nosotros; dejarse renovar por el agua de la vida eterna.

「イエスは言った、『神の国に入るには、生まれ変わらなければなりません。神のいぶきによって生かされて生まれ変わるのです』」。(Jn 3, 3-5)

REZAMOS JUNTOS LA ORACIÓN DE JESÚS

主の祈り一緒に唱えます

 Rezamos la oración que nos enseñó Jesús:

 天におられるわたしたちの父よ、

み名が聖とされますように。

み国がきますように。 

みこころが天におこなわれるとおり

地にも行われますように。

わたしたちの日ごとの糧を今日もお与えください。

わたしたちの罪をおゆるしください。

わたしたちも人をゆるします。

わたしたちを誘惑におちいらせず、

悪からお救いください。

Padre nuestro, que estás en el cielo, /

Santificado sea tu Nombre; /

Venga tu Reino;

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. /

Danos hoy nuestro pan de cada día; /

Perdona nuestras ofensas, /

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; /

No nos dejes caer en tentación; 

y líbranos del mal.

PROMESA  約束

PROMETEMOS SEGUIR A JESÚS Y RENUNCIAR AL MAL

イエスにしたがうことを約束する

(Unción con el óleo de preparación para el bautismo)

 (洗礼志願者の香油)

 –Para que el poder de Cristo Salvador te fortalezca y te libre del mal extendido por el mundo, te ungimos con el óleo santificado, símbolo de liberación, curación y perdón.

こころを入れ替えて神との関係と人との関係を傷つけることを退けますか

はい、しりぞけます

神のいのちに生きるために、悪を退けますか。  

はい、退けます。

CONFESAMOS LA FE. LE DECIMOS A JESÚS: SÍ (AMÉN)

 命の源, 父なる神、天地創造主を信じますか。 

はい、信じます。

人となった神・主イエス・キリストを信じますか。

はい、信じます。

私たちのうちに宿り、すべてのものを生かす主の息吹、聖霊を信じますか。 

はい、信じます。

C.::¿Crees en Dios, Padre, Creador del cielo y de la tierra? Sí, creo

C.: ¿Crees en Jesucristo, verdadero hombre y Dios, que nació de la Virgen María, pasó por el mundo haciendo el bien, murió hacia la Vida de Dios, resucitó y vive eternamente?  Sí, creo

C.: ¿Crees en el Espíritu Santo, para el perdón de los pecados, la resurrección de la muerte y la entrada en la vida verdadera? Si , creo

BENDICIÓN 祝福

JESÚS NOS BENDICE, NOS DICE: “SÍ” (AMÉN). SOMOS BAUTIZADOS CON EL SÍMBOLO DEL AGUA DE VIDA.

Somos bautizados, es decir, sumergidos en la corriente de agua de la vida eterna. Nos unimos con la vida y muerte de Jesús para vivir la vida de su resurrección.

N., Yo te bautizo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

父と、子と、聖霊のみ名によって、 あなたに洗礼を授けます。

A continuación los símbolos de la vestidura blanca y la vela encendida en el Cirio Pascual nos llaman a una vida nueva como seguidores de Jesús.

白衣と蝋燭はあたらしい生き方のしるしです。

 -Queda revestido de Cristo, sé criatura nueva, recreada.

白い衣を受けなさい。あなたが新しい人となり、キリストを着る者となりました。   

-Recibe la luz de Cristo

キリストの光を受けなさい。  

 SOMOS ENVIADOS PARA TRANSMITIR LA FE EN JESÚS

 (Sacramento de la Confirmación:Unción con el santo crisma e imposición de manos, símbolo de consagración para la misión de transmitir la fe)

全能の神、主イエス・キリストの父よ、あなたは水と聖霊によってこの人に新しいいのちを与え、罪から解放してくださいました。いま、この人の上に助けぬしである聖霊を送り、知恵と理解、判断と勇気、神を知る恵み、神を愛し、敬う心をお与えください。わたしたちの主イエス・キリストによって。アーメン

RECIBIMOS PARA TODA LA FAMILIA LA BENDICIÓN DE JESÚS

 (受洗者とその家族の上に神の祝福を祈ります)。

-El Señor bendiga a la familia entera que transmite la fe de generación en generación. El Señor nos bendiga a todos, recordándonos nuestro bautismo, confirmándonos en la fe, animándonos a la esperanza, y derramando su Espíritu en nosotros para hacernos capaces de amar como Él amó. La bendición de Dios todopoderoso y todo misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda abundantemente sobre esta familia.  Amén.

SOBRE LA EUCARISTÍA

 Mientras comían, Jesús tomó un pan , pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo:Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando una copa pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. Y les dijo: Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, esta es mi vida que se derrama por todos… (Mc 14, 22-23)

LA MISA I, II, III, IV

LA MISA I

¿Qué hacen los cristianos cuando se reúnen el Domingo en la Iglesia?

Alimentan su fe escuchando la Palabra de Dios y recibiendo el pan de vida

Rezan juntos por el mundo, por la Iglesia, por su comunidad, por las necesidades de cada familia…

Ofrecen a Dio su vida de cada día para que Dios la bendiga y la transforme en vida de Cristo para bien de todo el mundo.

Reciben la bendición de Dios que los envía a vivir de acuerdo con su fe en la vida de cada día en familia, en el trabajo, en la sociedad,

Y a dar testimonio de que todos somos hijos e hijas de Dios y que deseamos vivir como Dios  quiere, como hermanos que se aman y se ayudan y se dan vida mutuamente animados por sufe en la vida eterna.

LA MISA II

La Misa es la reunión de los cristianos elñ Domingo, el Día del Señor, el día en que, reunidos  en su nombre, celebramos que Jesus Resucitado vive para siempre y está presente entre nosotros.

Se llama Eucaristía, que significa “acción de gracias”, o “fracción del Pan de Vida”, memorial de la Última Cena de Jesús…

La Eucaristía de los primeros cristianos (Hechos 2, 42-47)A Eucaristia dos primeiros cristãos (Atos, 2, 42-47)

Bendecidos por el Señor, nos bendecimos mutuamente.

Bendecir a Dios es darle gracias y alabarle. Dios nos bendice dándonos su amor, gracia y misericordia.

Nosotros decimos “bendito sea Dioas” con el sentido de “alabemos y demos gracias a Dios”.

Recibimos su bendición, la agradecemos y le pedimos que nos haga capaces de vivir bendiciéndonos unos a otros mutuamente.

Amén significa Así es y Así sea.

Es un acto de fe y una oración con una sola palabra.

 Al recibir la comunón: El cuerpo de Cristo: Amén. Este “amén” es un saludo, un acto de fe y una oración. Que nos convirtamos en la Vida que recibimos.

La Misa III

Profundicemos un poco más en el sentido de la celebración de la Misa.

Durante la fiesta de la Pascua judía, cuando estaba Jesús celebrando una cena con sus discípulos en vísperas de su pasión, Jesús ofreció su vida a Dios Padre, su Pasión y muerte para nuestra salvación. Pidió a sus discípulos que repitiesen sus gestos y papabras al decir: Tomad y comed de exte pan y bebed de este caliz, que aquó pongo yo mi vida para la vida del mundo.+

Después de la Resurrección los discípulos se reunían para celebrar la Cena del Señor. Con el tiempo esta celebración se fue enriqueciendo en su contenido oracional y ritual. La Misa es un momento central en nuestra vida de fe, nos encontramos con el Señor, alabamos y agradecemos su bendición, comulgamos con el cuerpo del Resucitado,  y recibimos su gracia que nos hace capaces de vivir amandonos como Él nos amó

La Misa IV

  1. Bendición de acogida. Conversión y reconciliación.

2 Liturgia de la Palabra de Vida

3. Liturgia del Pan de Vida.

A) Ofrenda de la vida

 B) Consagración del Pan de Vida y transformación de nuestra vida.

 C) Comunión del pan de Vida

4. Bendición de despedida, envío en misión a la vida cotidiana

La Misa: Comulgar, convivir, compartir

Comungar, conviver, compartir

Quando dizemos que João fez a Primeira comunhão, isto significa que João recebeu por primeira vez o pão eucarístico, o pão da vida que foi consagrado quando o celebrante repetiu as palavras de Jesus na sua ceia de despedida: ”Isto é o meu corpo”. Chamamos a este pão consagrado Corpo de Cristo, Corpus Christi, porque ao consagrar este pão e recebê-lo se atualiza a vida de Jesus Cristo Ressuscitado e somos unidos intimamente a Ele. Em realidade, em vez de dizer que o recebemos dentro de nós, a verdade é que Ele nos recebe dentro da sua Vida na Ressurreição. Quando comungamos se realiza profundamente a promessa de Jesus: “Eu vivo e também vocês viverão… Eu estou em meu Pai vocês em mim, e eu em vocês…que todos sejam um, como tu, Pai, estás em mim e eu em ti. Para que também eles estejam em nós”(Jo14, 20e Jo 17, 21)

    Jesus disse na Última Ceia, ao partir o pão: Isto é a minha vida, aqui ponho eu minha vida. Minha vida foi partir-me pelos demais. Façam vocês o mesmo, comuniquem, repartam, e compartam a vida. E quando vocês se reúnam para dar graças a Deus pela vida, façam em minha memória isto mesmo que estamos fazendo agora. E que ao comer este pão de vida recebam a vida de Deus em vocês e Deus os receba dentro da sua vida. E que saiam daqui à vida de cada dia para conviver e dar vida ao redor de vocês”.

Recordemos as palavras da consagração: “Isto é o meu corpo”. Que significa “isto”?  “Isto” não é somente “este pão”, mas tudo o que este pão representa: a vida cotidiana das pessoas reunidas ao redor deste altar, com suas penas e alegrias, seus êxitos e fracassos, seus desejos e súplicas. Ao estender o celebrante suas mãos sobre esse pão pede a Deus que envíe seu Espírito para que consagre tudo o que esse pão representa e converta a vida inteira dessas pessoas no Corpo de Cristo para dar vida ao mundo.

O Ressuscitado está realmente presente na sua comunidade, que celebra a Eucaristia. “Presença real” significa que, através da realidade sensível do pão e do vinho e da comunidade que por eles comunga no corpo e na vida de Cristo, se faz presente a Vida da Ressurreição. Com razão diz Jesus que “quem participa nesta comida nunca morrerá” (Jo 6, 50)

CELEBRACIÓN DE LA FE EN LOS SACRAMENTOS DE SANACIÓN: SACRAMENTOS DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN

En el sacramento de la penitencia recibimos de la misericordia de Dios el perdón de los pecados y nos reconciliamos con la Iglesia. Se llama sacramento de conversión, sacramento de la penitencia o sacramento de la confesión, es decir del “reconocimiento”. Confiteor significa: “yo reconozco, yo confieso…” Reconocemos la necesidad de pedir perdón y reconocemos con gratitud la misericordia de Dios que quiere perdonarnos. Acompañados por la Iglesia, representada por el sacerdote, manifestamos este reconocimiento y pedimos perdón.

El Bautismo es el lugar principal de la conversión. La llamada a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea continua para toda la Iglesia. Recordemos la conversión de Pedro tras la triple negación de su Maestro. El proceso de la conversión fue descrito por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el padre misericordioso” (Lc 15,11-24). La conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.

Al hacer partícipes a los Apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. A lo largo de los siglos, ha variado mucho la forma concreta según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados graves después de su Bautismo (por ejemplo, idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia públicamente y durante un largo tiempo, antes de recibir la reconciliación. A este “orden de los penitentes” (que sólo concernía a ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y, en ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia.

La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa lo esencial de este sacramento:

«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Ritual).

Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del Cristo confió a sus Apóstoles el ministerio de la reconciliación (2 Co 5,18), los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo. Todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado,

La celebración del perdón es lo principal de este sacramento. A veces se entiende de una manera estrecha el significado de la confesión, como si fuese solamente confesar o reconocer que somos culpables de algo de lo que se nos acusa o que nos acusamos a nosotros mismos. Pero la palabra confesión es mucho más amplia. Por ejemplo, cuando rezamos el Credo confesamos nuestra fe. El Credo es confesión de fe. Reconocemos que necesitamos pedir y recibir perdón y reconocemos que creemos en el perdón.

Lo principal de la enseñanza cristiana sobre el pecado es: 1) Que reconocemos la necesidad de pedir perdón, 2)  que creemos en el perdón,  y 3)  que celebramos con agradecimiento la misericordia de Dios que siempre quiere perdonarnos.

Celebramos el perdón de muchas maneras y en muchas ocasiones, pero el momento principal de la celebración del perdón es dentro de la celebración eucarística, es decir, en la Misa. Además, en otras ocasiones celebramos el perdón en forma de confesión  y absolución individual. Pero es importante que tanto la celebración del perdón al comienzo de la misa como la celebración del perdon en particular acompañados por un sacerdote, son ambas comunitarias y tienen la misma estructura: 1) reconocer personal y comunitariamente la necesidad de perdón, 2)  Creer en el perdón y 3) recibir la bendición que nos cura, perdona y transforma.

Un sacramento es un símbolo visible de la presencia invisible de Dios que nos bendice cuando estamos reunidos en su nombre.

Las palabras de confesión de quien confiesa que necesita pedir perdón y las palabras de absolución de quien nos dice de parte de Dios que somos perdonados son la expresión y realización de este sacramento.

Se llama confesión porque confesar significa reconocer. Reconocemos la necesidad de pedir perdón, reconocemos la fe en el perdón, y reconocemos la vida, con sus luces y sombras, a la vez que reconocemos y agradecemos la acogida por Dios de esas luces y sombras.

A veces nos preguntan: ¿Por qué tenemos que ir a confesar con un sacerdote, en vez de hacerlo a solas con Dios?No está bien hecha esa pregunta. No nos confesamos con el sacerdote, sino nos confesamos ante Dios, acompañados por el sacerdote. La confesión no se hace ante un sacerdote como si estuviéramos delante de una ventanilla de la administración pública para pagar una multa. La persona que confiesa su necesidad de pedir perdón y el sacerdote que la acoge de parte de Dios y la acompaña de parte de la Iglesia, no están frente a frente, sino como si fueran caminando juntas, una al lado de la otra, recorriendo juntas el camino de conversión y mirando ambas hacia delante, en la misma dirección, hacia Jesucristo.

No sólo confesamos el pecado. Confesar significa también alabar, reconocer y manifestar. Confesamos la alabanza y gratitud. Confesamos, es decir, reconocemos la realidad de nuestras vidas con sus luces y sombras. Y confesamos la fe. “Yo confieso” significa “yo alabo la misericordia de Dios; yo reconozco que necesito pedir perdón y recibir su misericordia; yo creo en el perdón de Dios . Confesor y penitente se ayudan así mutuamente a reconocerse pecadores perdonados, a agradecer el perdón y a confesar la fe orando juntos. La palabra de reconocimiento de quien se confiesa y la palabra de absolución de quien confirma de parte de Dios el perdón son sacramento, es decir, signo visible de gracia invisible, son símbolo de la transformación pacificadora y sanadora con la que nos cura y perdona la gracia del Espíritu del Señor.

Durante siglos no existió en la iglesia la celebración de la penitencia por el método de la confesión con absolución individual. Pero lo que sí existió desde el principio y no dejará de existir, aunque se cambie la manera de expresarla, es la llamada a la conversión, la fe en el perdón como parte del Credo y la oración que nos capacita para perdonarnos mutuamente en el Padre Nuestro.

Perdonar no es borrar, ni limpiar, ni decir que “aquí no ha pasado nada”. Perdonar es reconocer que, a pesar de todo, Dios nos quiere librar de la esclavitud del pecado. ““Yo, dice Jesús (el único que puede decirlo) te libero del pecado. Yo pongo una barrera entre tus pecados y tú, yo doy un corte a la cadena que te esclaviza a tus pecados. El pecado y el mal siguen estando ahí, pero yo corto la relación entre el pecado y tú.  ”. El perdón es liberación, penitente y confesor ruegan por esa liberación y dan testimonio juntos de recibirla. Por eso el sacramento es pacificatorio, terapéutico o sanador y fuente de alegría.

 El papel del sacerdote es más de médico o consejero que de juez.

La confesión no es solamente confesión del pecado, sino confesión o reconocimiento de la necesidad de dar gracias a Dios, reconocimiento de su misericordia y reconocimiento de las dos caras de nuestra propia vida, siempre con luces y sombras.

Tanto si es a través de una rejilla como si es alrededor de una mesa, lo importante es que no estemos frente a frente, sino una persona al lado de la otra y las dos de cara al crucifijo que preside el lugar: rezando juntos, reconociendo juntos la necesidad de perdón y sanación y haciendo juntos un acto de fe en el perdón y recibiendo juntos el perdón, por tanto, celebrando juntos el sacramento. Conviene que su postura forme un triángulo: Penitente y confesor, en oblicuo, se orientan hacia el icono, la imagen o el crucifijo, formando un triángulo. Se rompe la imagen del examinador o el juez, e incluso la del mero terapeuta o consejero. Confesor y penitente orientan a la vez sus miradas hacia la imagen que expresa el perdón y la acogida.

No hay que entender la penitencia como si fuera un castigo, sino es mejor recomendar al penitente una oración como la que ponemos a continuación del ritual de la confesión (el salmo 51, por ejemplo). Esta oración sirve como señal de penitencia, de gratitud por el perdón recibido y como una especia de reconstituyente para fortalecernos espìritualmente.

Celebración del perdón. Preguntas sobre la confesión.

LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

ORDEN Y MATRIMONIO

El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación común de todos los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el mundo. Otros dos sacramentos, el Orden y el Matrimonio, están ordenados a la salvación de los demás. Contribuyen ciertamente a la propia salvación, pero esto lo hacen mediante el servicio que prestan a los demás. Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a la edificación del Pueblo de Dios. En estos sacramentos, los que fueron ya consagrados por el Bautismo y la Confirmación para el sacerdocio común de todos los fieles, pueden recibir consagraciones particulares. Los que reciben el sacramento del Orden son consagrados para “en el nombre de Cristo ser los pastores de la Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios”. Por su parte, ”     os cónyuges cristianos, son fortificados y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado por este sacramento especial” .

SACRAMENTO DEL ORDEN

El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el Bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama “sacerdocio común de los fieles”. A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea es servir en nombre y en la representación de Cristo-Cabeza en medio de la comunidad.

El sacerdocio ministerial difiere del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo de Dios mediante la enseñanza, el culto divino y por el gobierno pastoral.

Desde los orígenes, el ministerio ordenado fue conferido y ejercido en tres grados: el de los obispos, el de los presbíteros y el de los diáconos. El obispo recibe la plenitud del sacramento del Orden que lo incorpora al Colegio episcopal y hace de él la cabeza visible de la Iglesia particular que le es confiada. Los obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio, participan en la responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia bajo la autoridad del Papa, sucesor de san Pedro.

Los presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad sacerdotal y al mismo tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales; son llamados a ser cooperadores diligentes de los obispos; forman en torno a su obispo el presbiterio que asume con él la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada.

Los diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia; no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo.

El sacramento del Orden es conferido por la imposición de las manos seguida de una oración consecratoria solemne que pide a Dios para el ordenando las gracias del Espíritu Santo requeridas para su ministerio. La ordenación imprime un carácter sacramental indeleble.

La Iglesia confiere actualmente el sacramento del Orden a varones  bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del ministerio han sido debidamente reconocidas. A la autoridad de la Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a una persona a recibir la ordenación. En la Iglesia latina, el sacramento del Orden para el presbiterado sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de las personas. Corresponde a los obispos conferir el sacramento del Orden en los tres grados.

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

San Pablo dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia […] Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la Iglesia” (Ef 5,25.32).La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna.

El matrimonio se funda en el consentimiento de los contrayentes, es decir, en la voluntad de darse mutua y definitivamente con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Dado que el matrimonio establece a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, la celebración del mismo se hace ordinariamente de modo público, en el marco de una celebración litúrgica, ante el sacerdote (o el testigo cualificado de la Iglesia), los testigos y la asamblea de los fieles.

La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva la vida conyugal de su “don más excelente”, el hijo. El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente “Iglesia doméstica”, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana.

ACOMPAÑANDO A LOS NOVIOS EN LA IGLESIA

 En las conversaciones de preparación para el matrimonio en la Iglesia, la comunidad que les acompaña por el camino hacia su enlace delante de Dios, conversa con ellos sobre el “sí” que se dan mutuamente los novios ante el altar.

El “sí” de los novios se realiza en cuatro momentos:

1 Cuando se prometen personalmente unirse (“Quiero casarme contigo”).

2. Cuando formalmente se certifica esa unión ante la sociedad (matrimonio civil

3. Cuando se bendice el matrimonio en la Iglesia ante Dios (matrimonio canónico).

4. A o largo de toda la vida, cuando los esposos vuelven a elegirse cada día mutuamente y renuevan la elección que hicieron al casarse. La boda, como ceremonia dura escasamente una hora. Pero el martrimonio como camino a recorrer juntos, dura toda una vida.

El Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, n. 48) dice que el matrimonio es “comunidad de vida y amor”. La unión de dos personas en comunión de vida y amor no es un momento, sino un proceso. Se tarda toda una vida en realizarlo, pero a veces no se logra. La boda es un momento, pero el matrimonio es un proceso que dura mucho.La indisolubilidad matrimonial no es un sello, sino una meta del proceso para hacerse “una persona en dos personas”. “Serán los dos un solo ser” (Gen 2, 24 Mt 19, 4). El “Sí, quiero” no es una fórmula mágica que produzca automáticamente un vínculo, sino una promesa que ha de cumplirse para realizarse.

Nota sobre “enlace” y “desenlace”

No confundamos las tres clases siguientes de orientaciones de la Iglesia sobre el matrimonio: 1) La enseñanza de la Iglesia,inspirada en el Evangelio, propone el ideal de hacer de la union de los esposos una comunidad íntima de vida y amor en mutua fidelidad para siempre. 2) El ordenamiento jurídico del Derecho Canónico sobre la indisolubilidad del matrimonio entre bautizados o sobre las condiciones de su validez, nulidad o disolución son normas disciplinarias que la Iglesia ha ido reformando y renovando a fin .de que se adapten mejor a la misión salvífica que le ha sido confiada. 3) La atención pastoral acompaña la vida sacramental de las personas y familias creyentes.

El acompañamiento pastoral de parejas y familias abarca acompañarlas: 1) en el proceso de su enlace; 2) en el eventual proceso de un desenlace; y 3) en el proceso de rehacer el camino de su vida, a veces mediante segundas nupcias. La Iglesia deberá acoger a las personas: al bendecir un enlace; al reconocer un desenlace; y al acoger sacramentalmente a las personas divorciadas y vueltas a casar civilmente.

CREDO

CREO EN DIOS, PADRE, TODO PODEROSO, CREADOR DE CIELOS Y TIERRA. CREO EN DIOS, PADRE Y MADRE, FUENTE DE LA VIDA, TODO MISERICORDIA, VERDAD Y FUERZA INFINITA

El Credo comienza afirmando la fe en Dios Padre y Madre, Todo poderoso y todo misericordioso, Creador de cielos y tierra, creador de la evolución de la vida, creador de criaturas creadoras (que sean co-creadoras con Dios para la evolución de la vida). Dios es Único: no hay más que un solo Dios.

Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy». (Ex 3,13-15). Es el “Dios escondido” (Is 45,15) y es el Dios que se acerca a la humanidad. San Juan afirma: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la intimidad entre Dios y su criatura. Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios.

La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Pero Dios Padre ha revelado su omnipotencia misteriosamente en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. La Creación da la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica humana: “¿De dónde venimos?” “¿A dónde vamos?” En el principio, Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1): La totalidad de lo que existe depende de Aquel que le da el ser. El Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en lo más íntimo de sus criaturas: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Realizada la creación, Dios no abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da el obrar y la lleva a su término.«Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado? Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas la vida» (Sb 11, 24-26).

Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de “cuidar la tierra” (cf Gn 1, 26-28) para completar la obra de la Creación, para su bien y el de sus prójimos. Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27). De todas las criaturas visibles sólo el hombre es “capaz de conocer y amar a su Creador”; está llamado a participar en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad: Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien.

La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que “Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios. A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana (cf. Mt 16,25-26; Jn 15,13) o toda la persona humana (cf. Hch 2,41). Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre (cf. Mt 26,38; Jn 12,27) y de más valor en él (cf. Mt 10,28; 2M 6,30), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la “imagen de Dios”: es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20; 15,44-45): El alma espiritual no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte. El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”: Al trasmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador. El pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente. La doctrina del pecado original es, por así decirlo, “el reverso” de la “gracia original” con la que nacemos, pero que se ve amenazada por el “pecado del mundo”. La imagen del “pecado original” es como el negativo de una foto. Lo positivo es la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todas las personas, que todas necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todas gracias a Cristo.

CREO EN JESUCRISTO, DIOS HECHO HOMBRE, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE.

Creemos que Jesús, el Enviado de Dios para nuestra salvación, es el Hijo eterno de Dios, verdadero Dios y verdadero Hombre.

Hacemos la señal de la cruz, diciendo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Nos dirigimos a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero no estamos diciendo que haya tres dioses, sino que estamos confesando o reconociendo nuestra fe en el Dios único, al que llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 Llamamos Padre al Dios invisible, porque así nos enseñó Jesús a llamarle. Le llamamos Hijo, porque creemos que Jesús es el rostro visible del Dios invisible, que se hizo humano y habitó entre nosotros, murió y resucitó para nuestra salvación. Le llamamos Espíritu Santo, porque creemos en su presencia dentro de nosotros dándonos vida y dándonos luz para guiarnos por el camino de la vida hacia la vida eterna cuando, al morir, entremos en la vida definitiva de Dios.para siempre.

Creemos en Dios, Padre, Madre y Fuente de la Vida. Creemos en Jesús, que es Dios hecho hombre para mostrarnos el camino verdadero hacia la vida eterna. Creemos en la presencia de Dios dentro de nosotros, para darnos vida y hacer que nos demos vida unos a otros y ayudarnos a que caminemos por la vida llenos de esperanza hacia la vida verdadera y eterna.

Cuando hago la señal de la cruz rezo reconociendo la fe con que Dios me hace creer en Él: creo en Dios, que es Padre y Madre todo bueno y todo poderoso, creador de toda vida; creo en Dios que es Hijo, es decir, que se hizo humano como nosotros para que descubramos que somos todos hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios y por eso llamamos a Jesús el Hijo.

Creo en Dios que es Espíritu santo, Espíritu de vida, que está dentro de mí y dentro de todos los vivientes dando vida, haciéndonos vivir.

 “A Dios nadie lo ha visto jamás, dice el evangelista san Juan, es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien nos lo explicó”. Al Dios invisible nadie lo vió, pero Jesús, que es el rostro humano visible de Dios, nos lo interpretó, nos lo enseñó, nos lo mostró con los hechos y dichos de su vida; nos lo mostró con su vida, pasión y muerte; sobre todo, nos lo mostró con su resurrección. Al despedirse de sus discípulos en la Última Cena, les dijo: “Dentro de poco ya no me veréis, pero vendré de nuevo a vosotros como Espíritu y entonces me veréis y viviréis. Viviréis en mí y yo en vosotros, de la misma manera que yo vivo en la vida del Padre y el Padre vive en mí, porque el Padre y yo somos uno. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús Resucitado y vivo para siempre, les hizo comprender a los discípulos de Jesús este misterio del Dios único que se manifiesta y nos bendice de estas tres maneras, como Padre, Hijo y Espíritu.

Padre, es decir, Padre y Madre, fuente de la Vida.

Hijo, es decir, imagen, rostro o símbolo visible del Padre, Luz reflejo del Padre, Camino hacia la Verdad del Padre. “Yo soy el Camino hacia la verdadera Vida”, dijo Jesús.

Espíritu santo, es decir, Presencia y Fuerza de Vida, que mora en nuestro interior dándonos vida más allá de la muerte.

 El Dios invisible y escondido nos parece inalcanzable, pero Jesucristo nos lo hace cercano y alcanzable. La fe cristiana reconoce que Dios se nos ha revelado, es decir, se nos ha dado a conocer en Jesucristo, enviado de Dios y presencia de Dios mismo en forma humana entre nosotros.

 El apóstol san Pablo había comprendido muy bien que la gracia con que Dios nos bendice es como una corriente de agua viva que desciende desde el Padre por el Hijo hasta inundar nuestro interior con el Espíritu. Y también nuestra manera de creer en Dios y darle gracias es también una corriente de alabanza que el Espíritu hace brotar de nuestro interior para que reconozcamos a Jesús, el Camino, y con él alabemos al Padre. Por eso decía Pablo al comienzo de su carta a la Iglesia de Éfeso: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesús-el Cristo, que nos ha bendecido desde el cielo con toda clase de bendición del Espíritu”

 Evangelio significa Buena Noticia. La Buena Noticia es que Jesús nos ha explicado quién es el Dios invisible. Pero no es solo eso, es mucho más, porque la Buena Noticia es que Jesús mismo en persona es la presencia de Dios entre nosotros. Y esto nos lo enseña hoy a nosotros del mismo modo que se lo enseñó a los apóstoles, es decir, nos lo enseña comunicándonos su Espíritu. El Espíritu Santo dentro de nosotros nos dice quién es Jesús y nos hace decir junto con él, dirigiéndonos a Dios: Abba, Padre, en Tí confío. Creemos en el Dios Padre que se reveló en Jesús porque el Espíritu de Vida, el Espíritu de Jesús Resucitado nos hace creer.

Pero esto no se aprende solo con un catecismo o curso de introducción al cristianismo. Hace falta el silencio interior para escuchar la voz sin voz del Espíritu, de dos maneras: 1) en oración-meditación y 2) a través de los acontecimientos de la vida. Después, si en el curso de catecismo, se comparten experiencias de meditación y hechos de vida, se podrán empezar a entender algunos intentos de explicación como el que acabamos de hacer sobre expresiones de fe como estas, por ejemplo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”; o “En el Espíritu, junto con Jesús, nos dirigimos al Padre”; o “Que os bendiga Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”; o “Bendito sea Dios, Espíritu, Hijo y Padre”, etc…

JESÚS ES EL ENVIADO, EL CRISTO, EL SEÑOR

El Jesús de la historia

A comienzos del siglo I, en Palestina, un grupo de gente sencilla, la mayoría pescadores y algunas mujeres del pueblo, se sintieron atraídos por Jesús de Nazaret. Jesús aparecía como un nuevo tipo de profeta, con una autoridad moral y doctrinal diferente de la de los maestros habituales. Algunos discípulos llegaron a formar una comunidad a su alrededor y fueron testigos directos y cotidianos de lo que decía y hacía. Jesús anunciaba que el Reinado de Dios, prometido desde antiguo、 estaba cerca; que Dios estaba a punto de hacer algo nuevo para que llegue el Reinado de la Vida, la Paz y la Justicia.

Jesús decía que Dios acoge a pecadores, pobres, marginados, etc. Jesús anunciaba esto frente a una organización social y religiosa, que precisamente rechazaba a esa clase de personas. Jesús pedía conversión del corazón, vida en fraternidad, hacer a los demás aquello que uno quiere que le hagan a uno mismo, etc. Jesús decía todo esto y lo ponía en práctica con autoridad (Mt 1, 27) y confirmaba esta autoridad con señales que parecían venir de Dios, como las curaciones de cuerpo y espíritu. Además Jesús reinterpretaba con mucha libertad los preceptos de la religión judía, como cuando decía: “el descanso del sábado es para el bien de las personas y no las personas para cumplir el precepto del descanso del sábado”.

Los seguidores de Jesús, después de haber pasado por la experiencia dura de su muerte en cruz y por la experiencia espiritual (es decir, por revelación del Espíritu) de reconocer su resurrección, llegaron a la convicción de que en la vida, muerte y entrada en la vida divina de Jesús se cumplían las promeas de Dios desde antiguo por sus profetas.

Efectivamente estaba llegando el mundo nuevo del Reinado de Dios, del Reinado de la vida, la Paz y la Justicia que había anunciado Jesús. Más aún, comprendieron (porque el Espíritu de Jesús Resucitado se lo hacía comprender) que Jesús era el Mesías, es decir, el Enviado de Dios, y el Cristo, es decir, el Ungido por Dios para revelarnos a Dios, salvarnos y conducirnos a la vida verdadera, definitiva y eterna. Comprendieron los discípulos, al recibir el Espíritu Santo, la buena noticia de que Jesús es el rostro visible del Dios invisible: Jesús es, como se le llama en el libro del Apocalipsis, El Que Vive (Apocalipsis, 1, 17)

Del Jesús de la historia al Cristo de la fe

Se produjo entonces, entre la comunidad de los discípulos durante aquellos primeros años, lo que suele llamarse el paso del Jesús de la historia al Cristo de la fe. Es decir, el tránsito desde la experiencia de convivir con el hombre concreto Jesús a la experiencia espiritual de confesar la fe en Jesucristo, de reconocer la presencia de Dios mismo entre nosotros. Este paso fue posible gracias a la actuación del Espíritu Santo: el Espíritu de Jesús Resucitado, presente en el interior de cada discípulo y en medio de la comunidad de seguidores de Jesús.

Confesar la fe en Jesucristo es reconocer que Jesús es el Cristo, es decir, el. Enviado de Dios; más aún, es el mismo Dios hecho hombre para revelarnos el amor incondicional y y salvador de Dios hacia toda la humanidad.

Esta realidad de la presencia visible del Dios invisible en Jesus, que es rostro y símbolo de Dios para nosotros, no podía demostrarse con datos sensibles e históricos, ni con razonamientos; pero no era una afirmación sin fundamento, poque era consecuencia de estar poniendo en práctica, gracias a dejarse llevar por el Espíritu de Jesús, unas actitudes y opciones de acuerdo con los hechos y dichos de su vida.

¿Quiénes eran los que reconocían a Jesús como el Cristo, el Enviado, el Salvador? Los que se dejaban llevar por su Espíritu que les hacía posible vivir buscando y construyendo el Reino de la Vida y de la Paz, de la Verdad y la Justicia.

Reconocer a Jesús como el Cristo, el Mesías, el Enviado, el Señor, el Salvador.

La opción por Jesús se realiza desde un determinado lugar y desde una determinada actitud: reconocerse vulnerable, necesitado de salvación, de sanación, de perdón, etc. Los que estaban en estas disposiciones reconoccieron a Jesús. Por el contrario, los autoauficientes no lo reconocieron. Los que se creían justos no sentían la necesidad de ser salvados. Los que no se sentían enfermos no tenían necesidad de ser curados. Los que no se reconocían pecadores, no sentían la necesidad de dejarse perdonar. El camino para reconocer a Jesús no son las prácticas morales, ni las rituales, ni los razonamientos, sino la práctica espiritual de reconocer la propia nada: reconocer y agradecer que estamos recibiendo en todo vida como don gratuito. El pecado es la falta de correspondencia agradecida y la falta de conciencia del don recibido.

Se discutía en los primeros días del cristianismo sobre cómo era la presencia salvadora de Jesús entre nosotros. Unos decían que solo parecía Dios, pero que era solo un hombre, a través del cuál Dios actuaba. En el otro extremo estaban los que decían que era verdadero Dios y solo parecía ser hombre. La comunidad llegó finalmente a la convicción de que esas dos maneras extremas de hablar (para decir que Jesús solo era Dios en apariencia o que solo era hombre en apariencia) no correspondían con lo que habían vivido de cerca los primeros seguidores de Jesús, ni con lo que el mismo Jesús había dicho de sí mismo. Y asi se llegó a expresar el misterio diciendo que Jesús es el Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, verdadero Dios que se encarnó entre nosotros, la Palabra de Dios se hizo hombre, el Verbo (la palabra de Sabiduría divina) se hizo carne.

¿Qué quiere decir “sentado a la derecha de Dios”?

Es una manera de decir que es igual a Dios, que el Padre y yo somos uno. En los Concilios lo dijeron con palabras abstractas de filosofía: “consustancial” al Padre. Baste decir que Jesús es la presencia salvadora de Dios entre nosotros, que pasó haciendo bien, y murió “hacia la Vida”, triunfando con su muerte sobre la muerte y ahora vive para siempre glorioso, llenándolo todo con su Presencia salvadora.

 ¿Qué es la “Encarnación”? Dios se hizo hombre, su Palabra se hizo carne.

La Sabiduría divina se hizo hombre, se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios.”Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). “El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). “Él se manifestó para arrancar los pecados” (1 Jn 3, 5):

“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). El Hijo de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiendo asumido nuestra humanidad, divinizara a los humanos.

La Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, Imagen del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los humanos. La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en Jesucristo. «Jesucristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 5-8)

La Encarnación no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos, frente a diversas herejías. La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero Hombre. Él es Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, sin dejar de ser Dios, nuestro Señor

Al anuncio de que María dará a luz al “Hijo del Altísimo” por la virtud del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por “la obediencia de la fe” (Rm 1, 5), segura de que “nada hay imposible para Dios”: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 37-38). Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús”(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre. Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que cuando Jesús fue concebido en el seno de su madre María actuó maravillosamente el poder del Espíritu Santo

Jesús inaugura el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe. La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf.2 Co 1, 2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad de María. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nace de mujer en el seno de una familia humana y nace al mismo tiempo por obra y graciadel Espíritu Santo. La virginidad simbólica de María es el signo de su fe y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: “Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” , decía San Agustín.

BAJÓ DEL CIELO Y SE HIZO HOMBRE PARA NUESTRA SALVACIÓN

La Palabra-Sabiduría de Dios se hizo hombre

A primera vista esta expresión, “bajó del cielo”, parece mitológica, pero no hay que entenderla como si Dios no estuviera ya desde siempre aquí presente en todas partes. Es una manera de decir que Dios, sin dejar de ser Dios, puede también pasar a vivir una vida como la nustra. Es lo que designamos con el nombre de Encarnación. Dios se hace hombre como nosotros. El Nuevo Testamento lo expresa con palabras como las siguientes:

 Tanto amó Dios al mundo que le dió a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16)

“Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8-9)

“La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” (Jn 1, 2 y 14)

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos  que tuvo Jesucristo. Él, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, apareciendo en su porte como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2, 5-9)

Para nuestra salvación

Decimos en el Credo que Dios se hizo humano, se encarnó para nuestra salvación. Pero, ¿qué experiencia tenemos o cómo sentimos la necesidad de que nos salven? El apóstol san Pablo tenía esta experiencia cuando decía: “No hago el bien que quiero; el mal que no quiero, eso es lo que ejecuto” (Rom 7, 19-20) Pablo se preguntaba: ¿Quién me librará de estas contradicciones que llevo dentro de mí mismo? Y encontyraba la respuesta en el misterio de la Encarnación: Jesucristo, Dios hecho humano para nuestra salvación, me librará de mí mismo y me librará del mal: del mal que yo hago a otros, del mal que otros me hacen a mí, y del mal que me hago a mí mismo. La salvación es la iniciativa y la oferta de Dios para restablewcer la relación originaria con Él, con todos los seres humanos, con todas las cosas, conmigo mismo. En Jesús, el Enviado, el Cristo, Dios mismo baja del cielo para revelarnos el misterio de Dios y para nuestra salvación, para librarnos del mal. Jesucristo restablece la armonía en nuestrarelación con Dios, y en la relación con nosotros y con la Natutraleza.

¿Qué significa Redención?

En el Nuevo Testamento los escritos de los apóstoles hablan de esta salvación con diversas comparaciones. Una de rellas es la del rescate o redención.  Es una imagen que ayuda, si se entiende bien, pero que se ha prestado a lo largo de la historia del cristianismo , a malentendidos. Por ejemplo,  algunos predicadores medievales tomaron muy al pie de la letra la imagen del rescate que se paga para salvar a un preso.

 A veces se llegó a usar expresiones tan exageradas como decir, por ejemplo, que Jesús paga con su sangre un precio de valor infinito para rescatarnos.  Lo que es aprovechable en esa comparación con el rescate es el hacernos ver que estamos en situación penosa, como esclavos del mal, que no podemos salir de esa situación por nuestras propias fuerzas y que Dios quiere liberarnos.  Para eso viene Dios a compartir nuestra vida en todo hasta dar la vida, porque lo matan por haberse puesto de parte  de nuestra liberación. Pero no hay que entender la crucifixión como si fuese un castigo que Jesús sufre en lugar nuestro o como si fuese un precio a pagar a cambio de nuestra salvación. El sacrificio de Cristo es el amore infinito que ofrece gratuitatmente.

“Lo que quiero es amor y no sacrificio” (Oseas 6, 6) (Mateo 9,13 y 12, 7)

“Tú amas todo lo que existe y no te repugna nada de lo que has creado, ya que no creas nada sin amsrlo. Nada ni nadie podría subsistir si no fuera amado por Tí, Señor, Tú te apiadas de todo porque todo es tuyo Tú lo amas, Sreñor. Tú que eres amigo de la Vida”.

Lo mejor de la salvación.: hacernos capaces de amar.

Salvación es liberación del pecado, del mal y de la muerte. Pero no debeos tener solamente una imagen negativa de la salvación. Lo principal de la salvación que Jesucristo nos proporciona, es algo muy positivo: cuando Jesucristo nos salva, no solo nos perdona los pecados, sino que nos restablece en la condición de hijos de Dios y nos da su espíritu poara que nos haga capaces del amor fraterno y la compasión universal. La salvaciónb es el pleno restablecimiento de la comunión amorosa con Dios y entre todas las personas.

Esta salvación no se puede imponer, porque el amor no se impone. En una declaración de amor, se ofrece amor y se espera respuesta. Dios ofrece su amor gratuitamente, pero quien recibe la propuesta tiene la responsabilidad de aceptarla. .Por parte de Dios, la salvación es gratuita, pero es responsabilidad nuestra el aceptarla Necesitamos continuamente una conversión de respuesta al amor, en vez de encerrarnos en nuestro ego rechazando la capacidad de amar que Dios nos ofrece. El pecado es la negación del amor. Jesucristo, solidario con toda la humanidad, ofrece a Dios Padre, en nombre de toda la humanidad, un amor pleno que compensa toda la falta de amor en el mundo entero.  Como dice la Carta a los Hebreos (4, 16)  o tenemos en Jesucristo a un sacerdote “incapaz de comprender nuestras debilidades, sino uno probado en todo igual que nosotros, excluido el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente a la sede de la gracia para alcanzar misericordia”. El valor del sacrificio de Jesús está todo en su amor y en la ofrenda que por amor hizo al Padre de una experiencia humana como la nuestra.

EL PUNTO DE PARTIDA DEL CRISTIANISMO: Jesucristo, el que vive, el Resucitado.